Nacho Prada

En un año caben muchas cosas, más de las que puedes llegar a imaginar.

Comienzas indeciso, dubitativo. ¿A dónde estoy yendo exactamente? Aterrizas en una ciudad, abarrotada de tráfico y luces, lo más al este que has estado en tu vida, con un ritmo frenético y una peculiaridad digna de admirar. Un lugar que poco a poco y sin quererlo, de un día para otro, sientes como tu hogar.

Empieza tu servicio de voluntariado europeo por un año en la capital de Rumanía, Bucarest. Un lugar que antes no tenías claro si era bonito o feo, grande o pequeño, salvaje o domable, ni si te llegaría a abrazar. ¿Y cómo son los comienzos? Como la ciudad, frenéticos. Conoces a gente y más gente. Voluntarios de todos los lugares de Europa y no Europa, voluntarios locales, coordinadores, presidentes, erasmus, profesores… Comienzas a perderte por los recodos de la ciudad, a experimentar las sensaciones de hacer animación en un hospital, de romper las barreras y comunicarte a través de las emociones y los gestos, de preparar micro teatros y espectáculos infantiles, de impartir lecciones en escuelas de toda la ciudad, y lo más importante para la supervivencia, aprendes las palabras básicas del rumano y a dominar poco a poco el lenguaje en las clases de la asociación.

Llega un break, “El on-arrival training”. Durante semanas te han hablado de ese maravilloso momento, en el que compartes con todos los voluntarios europeos, mentes inquietas y enérgicas, que han llegado en tu mismo mes a Rumania, siete días de sesiones preparativas para la experiencia. La gente que lo describía se quedaba corta, aquello es una semana que sienta cátedra, algo que crea pura adicción.
Desde ese instante, y teniendo en cuenta la cantidad de voluntarios que has llegado a conocer dispersados por todo el país, intentas compaginar el proyecto, que ya va a todo trapo, con los viajes y más viajes ya bien en Rumanía o en otros lugares. Aprendes nuevas formas de vivir, aprendes los productos más económicos del supermercado, te haces experto en autostop y couchsurfing, en tocar en la calle, todo sea por sacar el máximo partido a la experiencia.

Una de las suertes del proyecto es la variedad. Y es que en la variedad está el gusto, dicen. Nunca tienes tiempo de aburrirte. De base impartes clases sobre tu cultura en escuelas de Bucarest por las mañanas, mientras que por las tardes te dedicas por completo a la animación hospitalaria en cinco centros diferentes de la ciudad. Pero aparte, grabas canciones de tu proyecto en un estudio de música, organizas una campaña solidaria para recoger fondos para la asociación en semana santa, gestionas la recogida de peluches y regalos para después llevarlos a los niños en los hospitales, desarrollas un festival multicultural para los niños de las escuelas, haces actividades en centros sociales de poblaciones de alrededor…

Y entre día libre y día libre que pides cuidadosamente, los viajes continúan. Y te topas con el “mid term evaluation”, un segundo training, más corto, pero más intenso aún. Un momento en el que compartes las dudas del pasado y del futuro, las partes buenas y malas de tu experiencia, que te hace conectar y conocer más a otros voluntarios que están en el país, con los que estrechas lazos, y que te ayuda a coger fuerzas para la última parte de tu estancia.

El sol sale, el verano viene, y los meses van pasando en el calendario. Vas apurando poco a poco los últimos coletazos de tu proyecto, las últimas actividades en los sitios que antes eran tan frecuentados y tan normales en tu día a día, hasta coges cariño a hacer reports y evaluation meetings, cuando antes era el mayor de los suplicios. Apuras los viajes en autostop, conoces las playas del país, las macro fiestas en Vama Veche alrededor de hogueras, como un San Juan, pero en mayo, y cada vez que vuelves a tu casa, sientes un extraño sentimiento de pertenencia. Las amistades se refuerzan, a la vez que te refuerzas como persona, y las despedidas comienzan, una a una, implacables.

Miras atrás y ves todo lo que has vivido, todo lo que has cambiado, la cantidad de cosas que has aprendido y de la gente tan diversa que has conocido. Todas tus vivencias no son capaces de entrar en ese “Youthpass” que demuestra tu año. Desde un principio sabias que aquello iba a tener caducidad, pero no podías imaginar lo profundo que iba a quedar grabado en tu memoria. Definitivamente, en un año caben muchas cosas.

Y en una mochila, más.
Que siga el viaje.